sábado, 27 de noviembre de 2010

Jane y Jake, o los que cayeron de la Luna

-Te amo al infinito y más allá- dice él con su pelo color verde. Ella, con una sonrisa de satisfacción, se voltea para verlo y su largo pelo color violeta barre el aire hasta taparle la mitad de la cara. 

Según Eva, Jane y Jake son una pareja de "lúnaticos" que viven en el tercer piso de la derecha del edificio de enfrente. Y es que para ella ambos personajes tan suigéneris son extraterrestres que vinieron desde la Luna en una nave espacial llena de luces, buscando nuevas aventuras en este planeta azul. Ella los observa detenidamente y no encuentra explicación más exacta que esa para el color extraño de sus cabellos, las combinaciones extravagantes de sus ropas y la música extridente que escuchan. Hasta sus palabras resultan incoherentes, cósmicas, como si fueran parte de un lenguaje alienígena.  

Los vecinos les llaman "rockeros", "frikis", "renegados", pero para ella son mucho más interesantes y divertidos. Siempre andan pegaditos uno del otro (Eva imagina que en la Luna todos caminan cogidos de las manos por miedo a salir orbitando). Se dibujan frases en el cuerpo con tinta de bolígrafo (Eva sabe que el arte pictórico ha existido en la Tierra desde los hombres de las cavernas, no era de extrañar que en la Luna el arte se manifieste de esa forma). Recitan poemas de Edgar Allan Poe en voz alta (quizás el estilo de este autor se parezca al de algún escritor "lunático" famoso). Se ríen de los truenos (puede que los relámpagos les recuerden las luces de su nave espacial). Estornudan en la primavera (Eva no está segura de que en la luna haya flores, al parecer las nuestras les dan alergias). Hacen el amor desnudos en el balcón (quién sabe si allá arriba no importe andar sin ropa).

Es por eso que Eva les sonríe amablemente cuando pasan por delante de su portal; y luego asiente con la cabeza cuando la abuelita Fela dice: "Estos dos pareciera que cayeron de la Luna".     

jueves, 25 de noviembre de 2010

Compañeras de piso


Varios meses atrás Hana había llegado a aquel lugar con la elegancia que caracteriza a los felinos, ese andar parsimonioso y demorado del que no teme al paso del tiempo. Recorrió paseos y callejones buscando un lugar tranquilo donde detenerse. Ella no acostumbraba a tener un plan trazado ni destino fijo, a medida que caminaba sus sentidos le indicaban donde dejar huella.

Así llegó frente a aquella casita azul, en un atarceder manchado de naranja con brisa del norte que le mecía la cola y le erizaba los pelos. Desde fuera, aquella casa olía a café con vainilla y se veían luces de color ámbar por todas partes que dibujaban una silueta de mujer sentada justo en la puerta. 

Hana y Eva se quedaron mirando intensamente por un segundo, dos, tres... quién sabe cuántos. Los ojos color café de Hana invadían la privacidad y el espacio celosamente guardado por los párpados femeninos, tratando de adivinar que escondía aquella figura tan interesante para sus radares gatunos. Eva tampoco quería apartar la mirada de aquella aparición que más que un ser vivo parecía una estatua majestuosa, y en su arte fantasioso Eva imaginó que aquel animal era la encarnación misma de la diosa Bastet, al estilo del Antiguo Egipto por los años 2900 a.c. Ambas se reconocieron como seres solitarios con características comunes. Eva se movía felinamente. En sus artes amatorias era ágil y cadenciosa, le gustaba retar a su pareja usando uñas y dientes en la batalla. A veces resultaba mimosa, otras un tanto distante y retraída. Por otra parte, la curiosidad de Hana iba más allá del instinto animal por algo llamativo, era la necesidad de conocer lo desconocido lo que le hacía tocer rumbos y andar caminos.  

Por eso se aceptaron mutamente hace meses, no como mascota y dueña, sino como compañeras de piso y cómplices de secretos. Hana no lleva collar, ella es tan libre e independiente como Eva. Y en el calor de un hogar compartido las dos se sientan a leer y a ronronear, con el olor a café con vainilla y rodeadas de luces color ámbar.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El edificio de enfrente

Luego de su sesión diaria de yoga y con una taza de café caliente en las manos, Eva se asoma a la ventana de su cuarto todas las tardes. A esa hora las sombras de la noche comienzan su danza sobre los tejados de las casas y edificios. Con mirada escrutadora busca en cada rincón de la calle un objeto de interés, algo que le recuerde una canción o sencillamente un detalle olvidado por los transeúntes aburridos de tanta vida vacía. Para Eva un papel volando en el viento puede ser una nota para encontrar tesoros increíbles; una lata escondida detrás de una columna sería la señal ideal para el encuentro de dos amantes que no desean ser descubiertos; un sonido de cristales rotos puede ser el derrumbe de castillos de cristal creados por el escritor que vive en el primer piso del edificio de enfrente. 

Eva observaba al escritor con curiosidad infinita. Se lo imaginaba escribiendo novelas eróticas, o policiacos, o cuentos infantiles. No, definitivamente cuentos infantiles no. Lo había visto varias veces con esa mueca de indiferencia al mirar a los niños jugar en la calle. Pero cuentos de terror sí, eso le venía perfecto al escritor con esos ojos que a Eva le resultaban grises y apagados. Entonces le gustaba imaginarse como en aquella casa oscura se creaban los fantasmas más escalofríantes y monstruos que harían estremecer al más valiente lector. Pocas veces el escritor salía de su casa. Con su forma encorvada y una barba asomándose a su afilada barbilla, aquel fantasma andante caminaba por las calles en busca de alimento. Y entonces a Eva le subía un escalofrío producido por lo desconocido y una curiosidad infinita de averiguar que escondía debajo de ese andar sombrío. Meses después Eva descubriría que aquel escritor no era tan inquietante. Más bien un ser romántico y atormentado por Paula, un personaje de sus historias de amor al más vivo estilo de Corin Tellado.

A Eva también le gustaba mirar hacia el balcón de la derecha del segundo piso. Allí vivía "el filósofo", como le llamaban en el barrio.  Eva lo veía en su balcón, solitario, soltando humo de cigarro por todas partes y con la mirada perdida en la calle. Se le antojaba gracioso como "el filósofo" se cuestionaba las cosas hablando en un idioma parecido a los grandes pensadores de antaño. En las historias nocturnas que inventaba Eva, él era un personaje antiguo arrancado del siglo XVIII por una fuerte tormenta cayendo por casualidad a principios del siglo XXI. Su madre lo había bautizado con el nombre de Marco Aurelio, estigmatizándole ya desde su nacimiento como arcaico y ancestral. Practicaba el viejo oficio de escultor y por supuesto, en su obra se reflejaban antiguos estilos impregnados fundamentalmente por el barroco de Bernini. Los demás vecinos se mofaban de sus ropas anticuadas, que debieron ser de sus abuelos. Incluso a veces llevaba un sombrero de paja, que según decía era una joya de principios de siglo.

Así pasaba Eva sus anocheceres, tomando café en silencio, observando e imaginando historias detrás de cada balcón. Algunas se acercaban a la realidad, otras no tanto. Y siempre las enriquecía con fantasías increíbles y aventurezcas porque Eva odiaba la normalidad. Por eso, antes de cerrar la ventana, le sonreía todas las noches a su "peculiar" edificio de enfrente.