Luego de su sesión diaria de yoga y con una taza de café caliente en las manos, Eva se asoma a la ventana de su cuarto todas las tardes. A esa hora las sombras de la noche comienzan su danza sobre los tejados de las casas y edificios. Con mirada escrutadora busca en cada rincón de la calle un objeto de interés, algo que le recuerde una canción o sencillamente un detalle olvidado por los transeúntes aburridos de tanta vida vacía. Para Eva un papel volando en el viento puede ser una nota para encontrar tesoros increíbles; una lata escondida detrás de una columna sería la señal ideal para el encuentro de dos amantes que no desean ser descubiertos; un sonido de cristales rotos puede ser el derrumbe de castillos de cristal creados por el escritor que vive en el primer piso del edificio de enfrente.
Eva observaba al escritor con curiosidad infinita. Se lo imaginaba escribiendo novelas eróticas, o policiacos, o cuentos infantiles. No, definitivamente cuentos infantiles no. Lo había visto varias veces con esa mueca de indiferencia al mirar a los niños jugar en la calle. Pero cuentos de terror sí, eso le venía perfecto al escritor con esos ojos que a Eva le resultaban grises y apagados. Entonces le gustaba imaginarse como en aquella casa oscura se creaban los fantasmas más escalofríantes y monstruos que harían estremecer al más valiente lector. Pocas veces el escritor salía de su casa. Con su forma encorvada y una barba asomándose a su afilada barbilla, aquel fantasma andante caminaba por las calles en busca de alimento. Y entonces a Eva le subía un escalofrío producido por lo desconocido y una curiosidad infinita de averiguar que escondía debajo de ese andar sombrío. Meses después Eva descubriría que aquel escritor no era tan inquietante. Más bien un ser romántico y atormentado por Paula, un personaje de sus historias de amor al más vivo estilo de Corin Tellado.
A Eva también le gustaba mirar hacia el balcón de la derecha del segundo piso. Allí vivía "el filósofo", como le llamaban en el barrio. Eva lo veía en su balcón, solitario, soltando humo de cigarro por todas partes y con la mirada perdida en la calle. Se le antojaba gracioso como "el filósofo" se cuestionaba las cosas hablando en un idioma parecido a los grandes pensadores de antaño. En las historias nocturnas que inventaba Eva, él era un personaje antiguo arrancado del siglo XVIII por una fuerte tormenta cayendo por casualidad a principios del siglo XXI. Su madre lo había bautizado con el nombre de Marco Aurelio, estigmatizándole ya desde su nacimiento como arcaico y ancestral. Practicaba el viejo oficio de escultor y por supuesto, en su obra se reflejaban antiguos estilos impregnados fundamentalmente por el barroco de Bernini. Los demás vecinos se mofaban de sus ropas anticuadas, que debieron ser de sus abuelos. Incluso a veces llevaba un sombrero de paja, que según decía era una joya de principios de siglo.
Así pasaba Eva sus anocheceres, tomando café en silencio, observando e imaginando historias detrás de cada balcón. Algunas se acercaban a la realidad, otras no tanto. Y siempre las enriquecía con fantasías increíbles y aventurezcas porque Eva odiaba la normalidad. Por eso, antes de cerrar la ventana, le sonreía todas las noches a su "peculiar" edificio de enfrente.
Una vez mas fantástica. Esta Eva me gusta...
ResponderEliminarMe encanta la imaginación de Eva, y que decepción para ella cuando descubrió al verdadero estilo de su vecino el escritor, por suerte allí estaba el filosofó fumador que llegó al estilo Dorita con su perro Totó. Pero, de todas formas a Eva lo le importaba, el edifico es muy grande y estos apenas son solo dos inquilinos :D
ResponderEliminarMirelki:
ResponderEliminarEva y yo te damos las gracias. Nos alegra mucho que te gusten nuestras historias
Lary, tienes razón. Todavía a Eva le quedan muchas historias por descubrir y contar de si mísma y de su edificio de enfrente. Y según ella todas serán increíbles, fantasiosas y nada que ver con "la normalidad".
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